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jueves, 1 de abril de 2010

Mi segundo hogar (o de cómo anhelar la teletransportación)



Ya lo dije por todo medio posible. Hoy tengo desesperación por estar en Coma-ruga. Aquí puedo explayarme un poco más y aclarar que no es por esa hermosa playa. No es por tirarme sobre una toalla y lentamente acariciar la arena calentita, mientras la mente se relaja y no deja lugar a pensamientos perturbadores.

Ni porque prefiera estar en una ciudad veraniega antes que trabajando un jueves santo encerrada en un shopping, lleno de gente que sale desesperada de su casa, a gastar su dinero en compras superfluas.

No, nada de eso. Quiero estar en Coma-ruga por el aire. Es diferente, característico (como el de cada lugar, por supuesto). Así como a veces sentimos olores que nos recuerdan a otras épocas, yo recuerdo claramente el olor de mi pueblo.

Aire fresco, con el toque de la brisa marina que aliviana los días calurosos. Y que invita a largos paseos por la orilla del mar los dias de invierno (si, yo no soy de playa en verano...) Al mediodía, olor a mariscos, a pescado fresco... a paella y a croquetas!!! (los que me conocen, saben de mis debilidades).

Me imagino caminando por la avenida de la Generalitat, ancha, arbolada y con el mar de fondo. Y de ahí, por el paseo marítimo hasta el final de Sant Salvador, como cada mañana, algún verano que me agarró deportista y madrugadora...

Casitas bien pintorescas, el sol saliendo por el frente y, si hace calor, algún yayo madrugador que ya bajó a la playa para asegurarse su lugarcito frente al mar.



Aunque en algún momento, la estrategia dictaba sobre oportunidades, bienes, etc. (y el corazón pesaba con distancias familiares) y tuve que volverme, nada pudo aún separar el alma de ese pueblo, mi pueblo, donde comencé una nueva vida alguna vez, y a donde seguramente volveré, quizás a terminar alguna otra.

domingo, 3 de enero de 2010

Torrente (o de cómo me dejó el 2009)



Año nuevo que comienza. Como diría Mafalda, como un block nuevito, lleno de hojas en blanco, pero con muchos codos rozando el tintero. Casi podría decir que siento ese olorcito a libro nuevo que me deleita cada vez que entro en una librería.

Así como en los cumpleaños, momento de balance. Un amigo me decía que no hacía balances sino que se fijaba qué había quedado que sirva de base para construir el año que comienza. Y mi base... reconozcámoslo, mi base es estrecha. Pero diremos a su favor que tiene potencial.

Un potencial que me acompaña, que soy yo misma. Que todavía conservo algo de sentido común y puedo volver sobre mis pasos para reflexionar sobre mis actos. Aunque este año, más que pasos, fueron manotazos de ahogado, porque el 2009 fue como un río para mi.

Al comienzo, me sumergí en aguas que parecían tranquilas, pero que en realidad, llevaban una corriente interna, de esas que te van alejando de la orilla, casi sin darte cuenta. Y al poco tiempo, se convirtió en un río furioso, de aguas turbulentas.

Como nadadora de cierta experiencia, intenté mantener un curso, esperando llegar a un remanso. Pero de nada sirven las habilidades, cuando nuestras fuerzas están diezmadas. Sentía un cansancio agotador, que no me permitía vislumbrar una salida. E incluso hubo momentos en que, teniendolas a la vista, ya la voluntad me había abandonado.

A partir de ahí, sólo quise mantenerme a flote. La corriente me arrastró por meses. Y no estamos hablando de un lecho de suave arena. Hablo de un río rocoso y con cascadas.



El 2010 me encuentra desmayada sobre la orilla, donde me depositó el 2009. Estoy juntando fuerzas, para levantar la cabeza. Tengo que mirar a mi alrededor y tomar perspectiva, para saber dónde me encuentro. Vaya uno a saber qué páramos recorreré en estos 365 dias que tengo por delante.

Pero insisto... al parecer, tengo potencial.